No nos cansamos de Marilyn

 

Marilyn enfrente del Hotel Carlton de Cannes (JPA)

Tanto se ha escrito, dicho y hecho sobre y con Marilyn Monroe, que se podría temer un desgaste de su figura. No hay saciedad ni siquiera con verla estampada en camisetas, convertida en estatua de cera o de yeso, sonriendo desde un póster o desde una taza de café, ni repetida en multicolor por Andy Warhol como icono de la cultura occidental.

A 50 años de la muerte de esa mujer que se hizo rubia a fuerza de químicos, tal como se construyó un personaje encumbrado en tacones y mirando embelesada a cualquier cámara, su imagen no se ha desgastado, ni olvidado. Muy al contrario.

La Monroe (de cera) en Berlín (JPA)

Entre tantos productos ufanos y sin-sentido de nuestra era, tipo Paris Hilton, Kim Kardashian o Alexa Chung, la nostalgia hacia Marilyn se acentúa, se renueva, se revive. Y ante la pregunta recurrente, ¿cómo es posible que esa mujer siga estando tan presente en el ideario del siglo 21? La variedad de respuestas podría nutrir un tratado sociológico.

Cierto es que con ella se desarrolló un mito (muy acorde a otras actrices de su época), así como que con y por ella empezó a perfeccionarse la cultura del famoseo, de las locas ansias de querer saber más sobre la persona que nos hace reír o llorar en la gran pantalla.

En la alfombra roja del Festival de Cannes (JPA)

En la reciente edición del Festival de Cannes, la imagen de ese evento fue la Monroe. Para algunos un homenaje, para otros una ironía. En vida, y tal vez cuando más lo necesitaba, a Marilyn nunca la invitaron a la Riviera francesa ni para posar en la playa como lo haría Brigitte Bardot, ni para presentar alguna de sus película (tan alabadas, recordadas, destruidas o sencillamente mencionadas), ni mucho menos para ir a las elegantes cenas o a los numerosos cócteles, quizá como adorno, tal como se “comercializó” en parte (consciente o inconscientemente) esta actriz y cantante estadounidense.

 

Evocando a Marilyn en el Majestic Barriere Hotel de Cannes (JPA)

Durante mi estadía en Cannes, todos los días cuando veía a la descomunal Marilyn adornando el Palais y el Gran Théatre Lumière, no podía evitar pensar en la película Mi semana con Marilyn (My week with Marilyn, de Simon Curtis) con una grandiosa Michelle Williams encarnando con intensa credibilidad (agregaría sin temor a errar, que con mucha empatía) los sufrimientos, debilidades, inseguridades, en fin, las complejidades de una mujer que siempre tenía activada la función “en show time”.

Inmensa en el Palais de Cannes (JPA)

Faltando pocas horas para la inauguración de la 65 edición del Festival de Cannes, de la nada apareció una doble de Marilyn. En pocos segundos se desató la locura, una manada de eufóricos turistas quería posar al lado de “esa copia” que ante mi perplejidad reproducía cada guiño, cada mueca, cada gesto de la difunta actriz. Para desencadenar tal algarabía, no hace falta que se presente un “ser vivo”, una estatua produce casi el mismo efecto.

Apuesto que dentro de otros cincuenta años a Marilyn se le seguirá recordando como hoy. Tanta tragedia, éxito, tristeza y atractivo no es fácil de “fabricar”.

Foto JPA

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