Reportaje sobre Pablo Larraín

Pablo Larraín y el cine de la impunidad chilena

Considerado una de las nuevas voces del cine chileno actual, acostumbra a meterse en terrenos escabrosos. Con su quinto largometraje, El Club, ganó el Oso de Oro en Berlín y no renuncia a tocar una vez más su tema recurrente: la impunidad.

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Muy al contrario de lo que se pueda pensar, a Pablo Larraín (Santiago de Chile, 1976) le ha costado mucho llegar hasta aquí. En lo profesional, ese “aquí” son cinco largometrajes, una exitosa empresa productora (Fábula) junto a su hermano menor Juan de Dios, y reconocimiento internacional. Parece poco, pero no lo es. Y aún más tratándose de una persona que a través de su trabajo cinematográfico (siempre in crescendo) intenta rellenar sus vacíos personales.

A Pablo Larraín se le podría dar una lectura superficial con tan solo ver su origen (clase acomodada, padres de derecha dedicados a la política), porque es muy común aquello de la rebeldía, de negar y negarse, para colocarse en el otro extremo, tal como lo hizo desde muy temprano. Y todo esto en Chile, con esa carga histórica, con Augusto Pinochet y Salvador Allende aún vivos con tan solo invocarlos, con el golpe del 73, palpable la desgracia de la abominable dictadura militar, de los desaparecidos, de los desterrados.

El presente tampoco es un campo de rosas. Larraín, como muchos de su generación, lleva por dentro rabia, impotencia, vergüenza. Una mezcla letal que muy bien puede envenenarte de por vida y, en el peor de los casos, sedarte, para poder seguir viviendo en la comodidad del “aquí no ha pasado nada”. Pero Larraín optó por la incomodidad, por hacer cine que inquiete y perturbe al espectador, y que de paso le ayude a él mismo a entender lo que no vivió conscientemente, como lo fue la dictadura en Chile, y lo que hoy se (sobre) vive, como lo son las consecuencias de la represión.

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Cuenta este realizador formado en Comunicación Audiovisual y Periodismo que después de su primer largometraje (Fuga, 2006) no se había propuesto hacer una trilogía, cuyos trasfondos fueran tanto el derrocamiento de Salvador Allende como los años de dictadura; sin embargo, surgieron Tony Manero (2008), Post mortem (2010) y No (2012), obras que le encumbraron como un cineasta polémico, inquietante, provocador, de los que ponen el dedo directamente en la llaga sin apelar al efectismo.

En el moderno Berlinale Palast, uno de los escenarios del Festival de Berlín, Pablo Larraín le echa un ojo a su teléfono, a sabiendas que para eso no hay tanto tiempo. Estando aún fresco el exitoso estreno mundial de El Club, como parte de la programación oficial de la Berlinale, el director, productor y guionista ni sospechaba que se le otorgaría el Oso de Oro. En esos días, cuando el invierno azotaba Europa, apenas se iniciaba el vertiginoso recorrido de su nuevo filme.

Tres años habían transcurrido desde No (protagonizada por Gael García Bernal), la historia de la gestación de la campaña publicitaria que con una negativa pondría fin al dominio de Pinochet, un proyecto que le había reportado excelentes resultados (vendida en varios países del mundo, buena recaudación de taquilla en Chile y nominación al Óscar a Mejor película extranjera). A la espera de que se cristalizaran varios proyectos de envergadura (Neruda, uno de ellos), decidió sacar del cajón una idea que ya estaba medio moldeada, a la que terminó llamando El Club.

 

Lee en este enlace el reportaje completo publicado en la revista colombiana Arcadia.

RevistaArcadia.com | Pablo Larraín

 

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