Julian Schnabel

Los „accesorios“  y las amigas de Julian Schnabel

Tuve suerte por partida doble: Julian Schnabel estaba de buenísimo humor, y además me dieron una entrevista sola con él. Todo un lujo.

El director de La Escafandra y la Mariposa es archiconocido por sus malas pulgas, por su excentricidad y por darle plantón a quien se lo merezca (o no) En la 59 edición del Festival de San Sebastián anunciaron su llegada, y eso ya hizo que más de un periodista soltara un suspicaz  “ahá…”

Las últimas informaciones de Schnabel estaban en las revistas del corazón –por su ruptura con la escritora palestina Rula Jebreal-, así como en los magazines de arte – a causa de su exposición en Venecia, en el marco de la Biennale de Arte-. Miral, la más reciente película de este artista plástico convertido en director de cine, había sido también noticia por haber generado un aluvión de malas críticas.

El ego herido de un artista, sumado a la ruptura amorosa, no auguraba buenas entrevistas. Es más, muchos colegas dieron por perdida la solicitud de un encuentro con Schnabel, esquivando así pasar un mal rato. No les culpo, en época de festival, es mejor conservar el buen humor y evitar a los lunáticos.

Gracias a todos los santos, me equivoqué (más bien, erramos) Sería por mi vestidito negro que –no es por nada- se me ve muy bien (lo confirmaron varios colegas), o por el sol de la tarde que venía a ponerle un punto y aparte a los fríos días de lluvia en el Golfo de Vizcaya. Sea lo que sea,  Julian Schnabel resultó ser un tipo muy agradable, y lo único cierto en la leyenda que lleva en el lomo, es que es TODO un personaje.

Para muestra sus “accesorios”: el auricular de su modernísimo smart fon y su maltrecha bolsita que le daba un look de doñita camino al supermercado. Ni hablar de su overol que una vez fue blanco.

La bolsa con sus zapatos al fondo

El auricular con su teléfono y las piernas de Rita

¿Y es verdad que ese señor tiene tanto dinero? Pues eso dicen.

Nuestra agradable cháchara en el lobby del Hotel María Cristina se vio interrumpida por la casual llegada de dos señoras que se notaba a leguas que eran americanas:

– ¿Rita? – reconoció Schnabel a una de ellas.

– ¡Juliaaaan! – besos, abrazos.

La Rita en cuestión tuvo la delicadeza de saludarme con una sincera sonrisa y de paso disculparse por la interrupción estrechándome la mano. La otra señora – morena y también simpática para más señas-  también me saludó pero en la distancia.

Después de ponerse al día, y de “sellar” el encuentro con una foto hecha con el teléfono inteligente de Rita, ambas se despidieron de Schnabel efusivamente, y de mí con mucha cordialidad.

“Disculpa – dijo el artista al mismo tiempo que se desplomaba a mi lado en el sofá azul-, ¿sabes quiénes eran?

-No – respondí porque de verdad que no tenía ni idea.

-Rita es la esposa de Tom Hanks, y la morena es Olivia…

– ¿La viuda de George Harrison? – sabía que estaba en San Sebastián…

– Sí, ¡qué majas son!, ¿no?

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