Marina Abramovic

Lo he decidido: cuando sea grande, quiero ser como Marina Abramovic.

A Marina le contentó que quisiera tomarme una foto (que al final resultó ser una serie de tres, gracias a un generoso colega alemán a quien le tengo muy buena estima) emulando su ya legendario performance en el MOMA de Nueva York, para el cual estuvo unas 700 horas “recibiendo” a gente que se le sentaba enfrente.

Ni ella, ni el otro podían decir nada; sin embargo, las reacciones de los visitantes fueron diversas, desde gente que rompía en llanto, a otros que les daba un ataque de risa. Pero Marina seguía allí, como la Mona Lisa, pero sin ni siquiera una sonrisa.

Fue una decisión espontánea la de hacerme esta foto viéndole a los ojos, intentando hurgar en las profundidades de la oscuridad de sus pupilas.

Me sentí conmovida, percibí una calidez infinita, tal vez influenciada por nuestra conversación previa, o quizá porque Marina Abramovic aprendió a dejarse ver, como también aprendió a mirar sin ningún prejuicio a quien se atreviera a verle directamente a sus ojos.

Al final, también a lo espontáneo, Marina y yo nos abrazamos.

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