La Palma de cerca

Mi primer Festival de Cannes tenía que ser “la experiencia”. En mi maleta, además de todo lo que se necesita para sobrevivir a jornadas festivaleras de considerable magnitud, llevaba una buena carga de entusiasmo y curiosidad por descubrir los entresijos del Festival de los Festivales en Europa.

Es por eso que entre películas, entrevistas y ruedas de prensa, no perdí la oportunidad para atender la invitación extendida por la casa Chopard, a través de Daphne, para conocer, tocar y ver de cerca a la codiciada Palm d’Or.

De oro y encaramada en una pieza de cristal único, la Palma dormitaba en el piso siete del lujoso Hotel Martínez, en espera del gran día cuando encontraría nuevo dueño. En una habitación a media luz, con dos sofás espectaculares, en audiencia exclusiva, llegó la Palma custodiada por un agente de seguridad, de esos que infunden temor a primera vista y alejan malos pensamientos.

La Palma de Oro intimida por su belleza, sencillez y tamaño. Tanto así que Daphne me dijo “la puedes tocar, si quieres”. Así fue como uno de mis propósitos se cumplió.

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