De paso

No sé por qué existe gente que aborrece los aeropuertos. Apartando la gracia que les ponen las tiendas de duty free, las de recuerditos, los tarantines de comida “autóctona”, los inmensos paquetes de chocolates y caramelos, el café con leche inflado de precio, la omnipresencia de ciertos nombres tanto de ropa como de restaurantes, entre otros aspectos, hay que darles una oportunidad a esos lugares “de paso” y quitarles de una vez por todas la no tan merecida etiqueta de aburridos.

Aunque las esperas siempre son tediosas, y más cuando se hacen eternas por razones climatológicas, mientras no se esté en la penosa situación de “estar varado” en un aeropuerto, siempre hay algo a lo que echarle el ojo y/o el oído.

En el aeropuerto de Bajaras de Madrid una vez escuché una interesante conversación entre dos funcionarios del control de seguridad; en una especie de contrapunteo recordaban las peripecias y casi actos criminales de algunos pasajeros. Ellos ya ni necesitan a los perros policías como los que salen en las películas y protagonizan series de televisión, porque ellos mismos se han convertido en canes de finísimo olfato y mirada de Rayos X estilo Superman.

Las lágrimas, los abrazos, las tristezas, el alivio, las decepciones y las alegrías de quienes llegan y de los que se van. En los momentos de la bienvenida y la despedida no hay máscara que oculte las emociones y los sentimientos. Muy cerca estás para observar y sacar conclusiones. Como te enternece un recibimiento con el perro de la casa, con ramo de flores y pancarta, también te puede hacer llorar la despedida de una pareja que vive separada, o los lagrimones de un niño que se despide de sus abuelos.

Cuando ya has visto suficiente de la gente, aún queda mucho por descubrir. En la zona de embarque del aeropuerto de Nizza hay pájaros que en su eterna discusión, canto o comunicación entre ellos, casi no dejan escuchar los anuncios de los altavoces. En el de Pekín hay dispensadores de agua caliente cada ciertos metros, por la costumbre de los chinos de tomar agua tibia, y de comer sopa de tallarines a la hora que se les antoje.

El nuevo terminal 3 del Charles De Gaulle parece una caja gigante de IKEA, y a pesar de su modernidad, no hay empastes ni curitas que tapen y sanen sus filtraciones y grietas. El Tegel de Berlín tiene la forma de una salchicha asada que se curva en media luna al calor. El aeropuerto de Dubai es el moderno Babel, con sus pasajeros de todo el mundo, y sus salones especiales para oraciones.

En el de Ámsterdam-Schipol hay una sala de exposiciones cortesía del famoso Rijksmuseum, y si la espera del próximo vuelo está a punto de acabar con tus nervios, tienes la opción me meterte en el Centro de Meditación. Y con suerte, en el de Los Ángeles puedes ver cómo los paparazzi les dan calurosas bienvenidas a las estrellas de Hollywood.

Así que reitero, no entiendo por qué hay gente que odia los aeropuertos…

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