El “balconeo” hacia la Plaza Santa Ana

Una buena y antigua amiga vive de cara a la Plaza Santa Ana en Madrid. Desde la primera vez que fui a visitarla, me sorprendió la sensación de tener el bullicio madrileño metido en la sala de su casa.

La Plaza Santa Ana, situada en el centro histórico, se extiende cual alfombra frente al Teatro Español. Esto, y el hecho de estar rodeada de muchos bares y restaurantes, la convierten en un punto de encuentro de lugareños y turistas.

Cuando las temperaturas bajan, la algarabía se aplaca; pero cuando comienzan a remontar, es mi amiga, su esposo y los vecinos con balcones y ventanales hacia la plaza, los que “se divierten de lo lindo”. Durante los meses de primavera y verano, sentarse en el balcón es más interesante que ver la televisión.

Estuve un mes alojada en el apartamento de esta amiga. Era julio y desde muy temprano empezaba la faena de las terrazas de los locales gastronómicos. Como se sabe, las terrazas de los locales implican la presencia (a veces no muy placentera) de “artistas” callejeros, la gran mayoría de dudosa calidad.

A las seis en punto de la tarde llagaban los que tocaban con acordeón, violín y tamborcito, un repertorio que incluía Bésame Mucho. Media hora más tarde, hacía acto de presencia una cantante acompañada de un equipo portátil con altavoces. A eso de las ocho venían los bailaores de flamenco; luego el de la flautita, más tarde el mimo, después el de la guitarra (desafinado, por cierto), y no menciono a todos los demás que no logré ver, porque ya de tarde me iba a mi habitación que quedaba al final del apartamento.

Gracias a los tapones para los oídos, el ruido se minimizaba, pero la habitación de mi amiga y su esposo da a la plaza, y como no tienen aire acondicionado, tenían que dormir con la ventana abierta. Para mi sorpresa, dormían como troncos, al arrullo de la música y del murmullo – a todo volumen- de la multitud de las terrazas.

De esto hace un año. De vuelta a mi casa, mucho me costó que el nítido recuerdo del olor a croasán recién horneado mezclado con el jaleo del arrastrar sillas y mesas matutino, ya no me despertase tempranito por la mañana.

Ni hablar de la nostalgia que me dejó el compartir risotadas con mi amiga, viendo el escenario de la Plaza Santa Ana a nuestros pies.

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