Hablando del tiempo

Independientemente de la cultura, hablar del tiempo siempre es un tema de conversación. Bien para romper el hielo, como small talk o para llenar esos horrorosos e incómodos vacíos en una conversación destinada a la muerte.

En una parada de autobús en cualquier pueblo en Inglaterra ya habrá alguna persona que diga en voz alta o dirigiéndose a cualquiera de quienes esperan: “Qué frío hace hoy, ¿no?”, o por el contrario, “Qué buen tiempo”. Esto da pie siempre al inicio de una conversación que versará sobre lo que se ha sufrido o disfrutado en cuestiones meteorológicas durante la última semana, y si se tiene suerte, con comparaciones de un pasado remoto.

No digo nada nuevo al afirmar que es la pura verdad que el clima afecta de forma considerable al carácter de la gente. En un país como Alemania, aunque el tiempo es el primer tema después de un “Buenos días”, la afabilidad de la gente varía de norte a sur, como de este a oeste.

Mientras no llueva, brille el sol y la temperatura se pueda combatir con la indumentaria necesaria, pocos alemanes apelarán a una descortesía como reacción. De lo contrario, se ruega abstenerse a cualquier comentario; habrá que esperar a que “la queja” –deporte nacional de los germanos- venga de ellos.

Aunque mi época preferida es la primavera, no se puede negar el encanto del otoño; con esos vivos colores, días soleados y árboles que poco a poco van dejando caer sus hojas para convertirlas en alfombras sobre la grama.

Sin embargo, la amenaza de lo que se nos viene encima está al acecho… El invierno está ahí mismo, prácticamente a la vuelta de la esquina, con su oscuridad e insensibilidad.

Hace unos años, huyendo precisamente de esa oscuridad que ya a las cuatro y media de la tarde es noche cerrada en Alemania, fui a Mallorca en diciembre. Era mediodía y de repente empezó a soplar un frío viento de esos que se meten sin aviso y sin permiso por todas partes.

Entré en una panadería y mientras decidía qué comprar, llegó una señora quien tras cerrar la puerta lanzó un largo suspiro. “¿Tiene frío?”, le preguntó la vendedora. “¡Qué va!”, respondió la señora, “el frío me tiene a mí…”

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