La (a)normalidad de Cannes

Nicole se extraña cuando le pregunto si en Cannes hay una “vida normal”. Para ella, habitante de esa minúscula ciudad en la Costa Azul francesa, la normalidad está íntimamente relacionada con el circo que se desarrolla alrededor del Festival de Cannes. “Y cuando eso se acaba – dice con su espléndida sonrisa- empieza otra cosa…”

Esta mujer, ya en sus años de peinar canas (que no se le ven, claro), y de cuidar nietos (sólo cuando tiene la oportunidad), regresó a esa su ciudad natal después de una larga vida laboral en París. Su bronceado perfecto y cálida amabilidad son parte de una personalidad que provoca clonar y vender por millones de euros. “No todos los franceses son cordiales”, dice con un guiño lamentoso; así que conocer a Nicole ha sido un agradable golpe de suerte.

Durante los días que dura el Festival de Cannes, se puede pensar que los lugareños entran en estado de crispación por la invasión de miles de personas que recalan allí para echarle una miradita a la alfombra roja, y en el mejor de los casos, ver de cerca a alguna estrella de cine.

La primavera de mayo en Cannes se parece más al verano de julio. En el transcurrir de la semana, la playa que bordea el boulevard de la Croisette no logra deshacerse de ese sentimiento dominguero que desacelera el ritmo. Y la luz del día que se prolonga generosamente hasta las nueve de la noche, no detiene las ganas de fiesta de trapos largos y de tacones de inimaginables alturas.

En Cannes se vive una extraña vida paralela. Mientras hacia el lado de la Croisette, se siente la algarabía playera-festivalera, por La Suquet (el casco antiguo) reina la tranquilidad que te lleva a sentarte en un banquito saboreando un helado durante una partida de petanca.

A lo largo de la Rue d”Antibes, Zara es vecina de Furla, Mango de Galeries Lafayette, y la tiendita de productos de la región colinda con Max Mara. El lujo de muchos ceros a la derecha convive con el fashion de low cost. Y no más tomar las calles paralelas, salen al paso los mercados más tradicionales, tal como los que se ven en las películas francesas de cualquier época, como las de Brigitte Bardot hasta la entrañable “Amelie” con Audrey Tautou.

Nicole recomienda con entusiasmo varios restaurantes, y de repente cae en cuenta que la “normalidad” de Cannes nada tiene que ver con las pocas semanas de “tranquilidad”, cuando no hay ningún evento en la ciudad; entonces es cuando agarra sus macundales y se va a la montaña, teniendo como excusa “cambiar de aires…”.

 

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