La nostalgia gastronómica

“Voy a Venezuela, ¿qué quieres que te traiga?”. Cada vez que me preguntan esto, hago una larguísima lista mental en fracciones de segundos. Como cosa rara, siempre y cuando no tenga premura de hacer un “encarguito” como un libro o una película, mi pudor se ultra dimensiona y termino soltando un sonriente “Nada” o “Lo que quieras”.

“La nostalgia empieza por la comida”, me aventuro a citar al escritor Julio Cortázar, para poder explicar(me) ese sentimiento de apego que se tiene a lo que nos recuerda a nuestro país estando en el extranjero, lo cual es en la mayoría de la veces algo comestible.

Basta con abrir la alacena de un amigo mío que vive en Italia, para saber que algún “alma caritativa” ha pasado recientemente por Venezuela; los paquetes de Cocosette y Pirulí son los principales delatores. Una amiga que vive en España, siempre encarga toronjil seco, pues tan grande es su fe hacia esa matita, que se ha convertido en un remedio para todos sus males, tantos físicos como espirituales. Ni hablar de otra que vive en Berlín, que cada vez que nos vemos me regala –cual tesoro- algunos Torontos.

Por un milagro o a causa de esos misterios de “otros mundos”, la Harina Pan ya se ha convertido en un producto internacional que se encuentra –en mi caso- en las tiendas asiáticas, junto a la polenta italiana, la maizena (aquella de la cajita amarilla) y otras harinas de diferentes partes del mundo. Nunca antes la frase “que la arepa nunca falte” había tenido un significado tan de peso como para quienes vivimos en el exterior añorando las cachapas con queso de mano, las hallacas y la naiboa oriental.

A mis familiares sí que les pido como una mendiga sinvergüenza. Mi lista alcanza una longitud considerable y arranca comentarios diversos- normalmente de sorpresa. Así que a mi madre ya no le extraña pedidos tipo una quesillera o un budare…

Pero la listita no se queda ahí: casabe (el que sea), platanitos (los que encuentre), catalinas (en el oriente también llamadas cucas) y burritos, dulce de lechosa (hecho por mi mamá), jalea de mango (la que vende la señora del mercado), conserva de chaco, besos de coco… ¡Ah!, y la infaltable guayaba en todas sus formas y versiones, para mí el verdadero aliciente ante la nostalgia gastronómica.

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