Las manicuristas chinas

Qué diferentes y qué tan iguales son las chinas a las mujeres occidentales. Sé que caigo en el máximo de los pecados y errores al meterme en el corsé de las generalizaciones, tomando en cuenta las dimensiones de ese territorio que solamente se hacen palpables en un mapa, porque en verdad que es difícil imaginártelo, así tengas esa tierra bajo tus pies.

Sin embargo, después de haber recorrido varias ciudades, encuentras un factor común, el cual es cierto que se desvanece poco a poco en regiones más remotas.

Hoy me veo las uñas y, además de horrorizarme, no evito en pensar en las manicuristas chinas. Todas en uniforme, dispuestas en línea, de cara al pasante, con una sonrisa que da la bienvenida, e invita –sin pensárselo mucho- a tener manos de princesa, así sea durante dos efímeras semanas…

En China las manicuristas se encuentran por doquier. Desde lujosos centros comerciales, de esos donde Dolce&Gabbana, Chanel y Versache tienen sus modernos “tarantines” de cientos de metros cuadrados, pasando por gigantescos mercados, y hasta en esos entrañables mercadillos de barrio donde el griterío de vendedores y clientes sustituye al hilo musical de melodías bobaliconas.

Ni yo hablo chino, ni mi manicurista de turno hablaba otro idioma que no fuera el suyo. Así que apelamos al idioma de las señas, las sonrisas y risas, y los gestos exagerados que recuerdan a las cantantes de altos tonos de la Ópera de Pekín. Sentada en ese banquito, mientras a mis espaldas transcurría la jornada del gigantesco mercado, no me costó nada entregarme a la rapidez apabullante de la manicurista que de repente se sumerge en su mundo de uñas y cutículas.

Y sólo de muy de vez en cuando levanta la mirada, tal vez para comprobar que no te has ido y dejado tan sólo las manos…

Vecina de mi banquillo estaba una mujer – imposible adivinar su edad- que con los ojos cerrados espera que le depilaran las cejas ¡con una hojilla! Me quedé perpleja viendo aquello, y todas las chicas en rosa, del otro lado de las mesillas, se rieron de mi cara de sorpresa.

En ese momento, a pesar de esos exóticos rostros, me sentí como en casa.

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