Malas influencias

Le doy un abrazo a mi amiga Carol por el día de San Valentín y con cierta tristeza me recuerda que desde hace tiempo no tiene a nadie que le regale flores, ni que le amargue o endulce la vida… “También es el día de la amistad”, trato de levantarle el ánimo, pero ella se empeña en entristecerse.

Con tantas almas solitarias que pululan a nuestro alrededor, lo que provoca es caerle a piñas a quien le dio más fuerza al día de ese santo conectándolo con los enamorados, el amor y especies de ese estilo. Se puede pensar que menos mal que es un día, pero es que desde semanas antes la cosa se pone fuerte. En la tele echan todas las películas tipo Nothing Hill (confieso que la veo todos los años…), Pretty Woman (aquí hago selección de escenas…) y más nueva entre el repertorio televisivo, Valentin s Day, con un reparto de ensueño pero deficiente con ganas.

¿Qué se hace en un día como este si hasta cuando vas por la calle te sale el típico vendedor de rosas rojas? Reflexionemos (y esto se oye como el “oremos” de la iglesia): no sirve de nada lamentarnos porque viéndolo fríamente, la cosa está difícil allá afuera, y esa crisis es mundial.

Cada vez hay más personas que apelan a los sitios de “contacto” en Internet para conocer gente; los propósitos son diferentes, y van desde “echar broma-matar el tiempo”, “vacilarse a los demás”, hasta en serio-en serio “conocer a alguien”. No importa donde estés, si es en Europa, América, Asia u Oceanía, siempre te va a llegar el cuento que empieza “Fulanita conoció a Sutanito por Internet y míralos qué bien están…”

Eso asusta porque la cosa de ir al bar de costumbre, a una fiestecita o que una amiga haga de Celestina con el amigo de su novio o de su hermano, como que ya pasó a la historia. San Valentín, Cupido y el Hada Madrina de la Cenicienta pueden desde ya solicitar la jubilación irrevocable.

Con un clic conocemos a un sapo que tal vez se convierta en príncipe, y ya no le besamos para apurar esa transformación, sino que antes chateamos a ver qué pasa. Cuando llega el día en el que la virtualidad ya se nos queda corta, pues damos el paso al “encuentro”, y poco importa si la otra parte implicada vive en el fin del mundo.

¡Ah, el amor! ¿Lo idealizamos o de verdad lo necesitamos como el café a media tarde porque si no lo tomamos nos da un yeyo? Desde que vi aquel vestido de novia en la vitrina de la boutique de Carolina Herrera en la Madison Avenue de Nueva York, ya no soy la misma. Me avergüenzo de decirlo, pero lo asumo. En ese momento mis años de renegar del daño que nos hacen las historias de Disney, se vinieron abajo como un castillo de naipes.

A través de la vidriera me vi a mí, metida en ese espectacular vestido, con un maquillaje perfecto, con un peinado envidia de las ángeles de Victoria s Secret, la felicidad plena, sin pensar en todo lo que “ese momento” implica. Mi novio se había adelantado, me dejó allí sola en plena Madison con mis sueños alimentados por las malísimas influencias del tal San Valentín y todas las pelis que echan en su día.

Así que: Carolina, eso no te lo perdono…

 

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