Yo, la gastropensante

Mi particular forma de leer las guías turísticas me ha traído grandes alegrías y algunas desilusiones. Cada vez que cae en mis manos un librito de esos que cuentan de ciudades y destinos de ensueño, me voy directamente a la página de “¿Qué comer?”. Por “gastropensante”, por curiosa o por defender la idea de que la cultura de un país o región se ve plenamente reflejada en la comida.

Es usual que después de cada descripción de la gastronomía, aparezcan algunas recomendaciones de restaurantes, las cuales son seguidas por el turista como si se tratase de La Santísima Palabra o de la guía de supervivencia en la selva. “Si no es ese que recomienda el Lonely Planet, pues no como nada…” Malhaya…

Y es precisamente en ese momento cuando empiezan los problemas, porque al final, después de tantas vueltas, y por muy buena que sea la mencionada guía (que en realidad lo es…), terminamos en las garras de una infame cadena de comida rápida o de un local que en realidad no nos convence nada, desde cuya cocina no proviene ningún aroma tentador. Sucumbimos ante el concierto de las tripas y el creciente mal humor de ese “pasar hambre”, culpable de amargarnos el día.

Aún recuerdo con placer aquel pequeño restaurante en Barrio Alto en Lisboa (recomendado en una guía), o aquel en Praga o la maravillosa comida del mercado de Budapest (en el lado de Pest)… Ni hablar de aquella insignificante trattoria en Venecia – donde es dificilísimo encontrar algo que valga lo que demandan en euros- que se me atravesó en el camino un buen día que vagaba muerta del hambre por Cannaregio.

A la hora de poner los pies bajo la mesa, he tenido pues agradables sorpresas, pero también amarguras. Y todavía no sé qué es peor, si la sospechada decepción ante la recomendación (con cinco estrellas o un pulgar en alto sobre el papel de la guía de turno), o el fracaso de no encontrar ese súper local y reconocer que se ha fallado.

Cada vez que voy a San Sebastián (en el País Vasco, España), todas mis recién vividas amarguras al respecto, desaparecen. En esa encantadora ciudad no necesitas guía, basta con perderse en la Parte Vieja para que se te disparen los sentidos. Si no confías en tu instinto, puedes torturar a los lugareños con la pregunta: “¿Dónde se comen los mejores pintxos (las tapas vascas)?” Nunca recibirás la misma respuesta.

Cada quien tiene su bar favorito, o lo que es mejor, cada local tiene una especialidad. Para los donostiarras la gastronomía en general, y en particular los pintxos, es una cuestión de honor, de ahí su gran variedad y calidad que es premiada y reconocida en un concurso anual.

Esas fantásticas miniaturas pueden ser tradicionales, con aspecto moderno, pero con sabor reconocible, o tan novedosas que lo único que quieres es probarlas todas en un afán loco por descubrir nuevas sensaciones.

Yo no tengo un bar favorito en San Sebastián. No sería justo. Así que en cada visita a Donostia me dejo llevar, olvidando a cada paso las decepciones gastronómicas vividas en otras ciudades.

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