Perro sí, gato no

Todo el mundo sabe – o al menos mucha gente tenía la sospecha- que los chinos comen perro. Pues así es, aunque la leyenda que reza “me metieron perro por pollo”, no corresponde a la realidad.

Comer perro en ese inmenso e insondable país es caro, no se sirve en todos los restaurantes, y tampoco se somete a equivocaciones o vivezas del cocinero de turno; ese mismo es el caso de los gatos y las ranas, para poner solamente dos ejemplos.

Quien quiere comerse un can (picante en la gran mayoría de los casos e independientemente de la región), tiene que buscar muy bien donde se mete, sobre todo si se trata de ciudades grandes como Pekín o Shangai donde esa costumbre milenaria está perdiendo terreno frente a lo “políticamente correcto” sutilmente impuesto por la influencia occidental.

En la China profunda el panorama cambia. En un viaje por la provincia de Guilin, Sam (nombre “cristiano” de mi guía) dice con una sonrisa que desborda amabilidad: “¡Pero no comemos chihuahua…!” Con esta frase quería poner en claro que no todos los canes son sometidos al cuchillo, especias y ardiente sartén de los cocineros. Solté un suspiro de puro alivio, y de repente La Negra, Kitty, Samanta, Dulcinea, Gipsy, Topacio, Raki y Bianca -para más información, mis perros desde la niñez hasta bien pasada la adolescencia- vinieron a mi memoria.

Al apuesto Sam (y que se apunte que es bien difícil encontrar un chino guapo que no sea cantante o actor) le encanta comer perro, “mientras más picante, mejor”, comenta durante la cena en un pueblo llamado Pingan, con la negrura de la noche de un cielo estrellado como techo.

Al otro día, camino a las famosas terrazas de arroz de la región, de repente Sam me dijo, “mira, ése es…”; señalaba a un cachorrito rubio ceniza (parece color de tinte…), de ojillos tristones y muy juntos. Recordé que el día anterior vi uno similar que se había percatado de mi presencia y hasta la cola había movido en son de saludo. “No ladran”, comentó Sam; y de inmediato pensé en las crónicas de los monjes y “conquistadores” que hablaban de un perro que no ladraba y que comían los indios de nuestro continente, refiriéndose al Escuincle.

Al cachorrito en cuestión se le llama “perro de campo”, Sam agrega que es muy común su crianza en las zonas rurales, y que su consumo es mucho más frecuente en invierno. Con razón, le comento, cuando fui a otro pueblo me extrañó ver un solo tipo de can, y hasta pensé que era el mismo perro que me estaba siguiendo todo el tiempo… Y por ene vez rechacé la invitación de Sam para degustar esa especialidad gastronómica.

“Sí, también se come gato…”, reaccionó Sam cauto ante mi interrogante, “pero eso si que no lo como…” La razón la descubriría más tarde cuando muy emocionado me enseñó en su móvil varias fotos de su adorada gatita.

 

 

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