Un bulldog en una peluquería

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Una mañana de sábado llega un hombre de unos 30 años, musculosísimo, con el pelo cortísimo, sin embargo pide que le corten dos o tres centímetros. A su lado viene un perro jadeante.

– No va con nadie. Solo conmigo – desde aquí empiezo a escuchar la conversación.

– Debe ser muy malo eso, ¿no? –le dice el peluquero.

– ¡ ¿Por qué?! ¡Es mi perro!

….

– Es un bulldog francés. Los hay ingleses y franceses. Él casi no ladra. Es terco, hasta caprichoso y medio arpía (se ríe) Un bulldog es diferente a un mop. Sí, son muy diferentes, pero la gente los confunde. Al mío lo fui a recoger a Berlín. Había buscado mucho. Y puedes pagar hasta mil euros de impuestos por tener un perro de combate…

(El perro se me acerca)

– ¡Hey! – le llama la atención- y le señala que se vaya a su lado.

El perro ronronea. Mira a su amo, y como si hubiera escuchado llover, termina echándose a mis pies haciendo ruidos como de viejo fumador.

– ¿Le molesta? –me pregunta el amo, le digo que de ninguna manera- Es que a mucha gente no le gustan los perros…

Acaricio al perro. Sigue ronroneando como un gato.

Orgulloso el dueño me muestra una foto de cuando su perro era un cachorrito: “Aquí tenía apenas 9 semanas”, se le enternece el vozarrón, “ya tiene dos años…”, suena nostálgico.

Vivimos en una casa en las afueras de la ciudad. Son 80 metros cuadrados, suficientes para nosotros dos.

Para él y su perro.