Venecia

Cada vez que vuelvo a Venecia, recuerdo la primera vez que estuve allí. Fue en la primavera de 1999, y sin haber visto todo lo que me esperaba, me dije que tendría que volver. Desde entonces he ido casi cada año, y todavía tengo la sensación de que me falta mucho por conocer.

Caminar por las calles de esa ciudad cargada de historia y miles de turistas, es estar dispuesto a perderse en un laberinto, sin la asistencia de ninguna Ariadna. Te dejas llevar, bien sea por la cantidad de gente que te arrastra, por el piloto automático, o por la mera curiosidad.

En Venecia se come mal, si no tienes cuidado puedes caer en el peor de las cuevas con nombre de hostal y, además, se paga siempre el doble por todo. No importa. El esfuerzo, el sufrimiento, las penurias y quedarse al borde la bancarota, valen la pena.

Si bien es cierto que el ambiente lo hace la gente, la gran cantidad de visitantes puede resultar agobiante. Por eso, la mejor hora para descubrir y disfrutar de la ciudad es muy temprano. Te vas a topar con venecianos de verdad – o con habitantes genuinos- camino al trabajo, con escolares o viejecillas rumbo al mercado. Las primeras horas son mágicas y la luz es completamente diferente. A veces una fina neblina se posa sobre el agua, lo cual le da un toque como de película.

Los grandes males de Venecia (mala comida, cara e invadida) se olvidan cuando desde lo alto del Puente de la Academia o del de Rialto se puede ver el Canale Grande. El color del agua y la luz de la tarde son únicos. Muchos pintores  de diferentes siglos han querido plasmarlos, algunos con éxito, otros han sido menos afortunados.

Para decir que se conoce la ciudad, es necesario alejarse de los puntos turísticos. Es solamente en esos sitios menos transitados y solitarios, donde se puede escuchar el silencio interrumpido por las pequenas embarcaciones a motor, que cruzan los canales.

La mejor forma de explorar Venecia es a pie. Conectada con puentes y puentecitos, es más rápido e interesante ir de un lado a otro andando. El llamado vaporetto (que son los autobuses acuáticos) tiene diferentes líneas, y es otra posibilidad de desplazamiento, pero la gran cantidad de paradas convierte un trayecto de diez minutos a pie, en uno de 20 por agua. Si se va a otra isla como Lido, entonces sí que es necesario. Además, un pasaje de vaporetto cuesta lo mismo que un pannino…

Comer un heladoo un dulce (no importa donde, la gran mayoría son buenos), tomar un café (idem), visitar el Palazzo Ducale y el Museo de Peggy Guggenheim, además de la Basilica y Palza de San Marco, son obligatorios. Pero muchas veces hay que seguir el llamado de la curiosidad, de la tranquilidad, de la observación. Solamente así se puede conocer los encantos de Venecia, y segurísimo que te vas a enamorar de ella sin reparos.

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